Una startup fintech tenía un demo day con inversores en 4 meses. Para entonces debía enseñar un producto que funcionara con transacciones reales; si no, la ronda se caía. La tarea: llevar la idea de la cabeza del fundador a una plataforma en marcha que los inversores pudieran probar con sus propias manos.
Lo difícil no era el desarrollo en sí, sino los requisitos fintech: verificación KYC conforme a la Ley 152-FZ (la ley rusa de datos personales) y a las normas AML, PCI DSS para el manejo de tarjetas, integración con Stripe y con API de bancos rusos, cifrado de datos y un registro de auditoría de cada operación. Un solo fallo de seguridad y los inversores se levantan y se van.
Al mismo tiempo, el MVP no podía engordar: cada función de más suponía incumplir plazos. Había que construir un producto mínimo viable sobre la arquitectura correcta, una que pudiera crecer después en lugar de reescribirse.




